sábado, 15 de julio de 2017

14 DE JULIO


VIDA Y AVENTURAS DE JACK ENGLE
Walt Whitman
1852 - Edición de 2017

"A las doce y media en punto, cuando el sol de mediodía relucía de lleno en las aceras de Wall Street, un joven con el piadoso nombre de Nathaniel, se puso en la cabeza afeitada un sombrero de paja por el que había pagado, esa misma mañana, la suma de veinticinco centavos, y anunció su intención de ir a almorzar. "


LA NOVELA PERDIDA DE WALT WHITMAN.

Hasta hace poco, sólo se atribuía una novela a Whitman, "Franklin Evans, el borracho". Durante tres febriles días acompañados por abundantes tragos de oporto, el poeta compuso una obra que más tarde consideraría “una auténtica porquería”. Paradójicamente, vendió 20.000 ejemplares, una cifra que excede largamente las ventas de las sucesivas ediciones de Hojas de hierba. Saber que Whitman no se equivocaba al juzgar su novela, corrobora que el éxito nunca es un buen criterio para determinar el valor de una obra.
El hallazgo de una nueva y breve novela publicada por entregas en 1852 en The Sunday Dispach amplía nuestro conocimiento de su autor. Desde la primera página, se aprecia la voluntad de imitar a Dickens, narrando las aventuras y desventuras de un joven aprendiz de abogado que ignora acontecimientos esenciales de su pasado. 

Jack Engle sufre una orfandad temprana, convirtiéndose en un muchacho desamparado que vagabundea por los suburbios. El encuentro con un respetable y compasivo lechero le salva de unas calles donde sólo prosperan la violencia, el abuso y el chantaje. Durante un tiempo trabajará para Covert, un auténtico villano que ejerce la abogacía para enriquecerse, empleando toda clase de artimañas para despojar a sus víctimas de sus bienes. Engle descubrirá que la corrupción no es una epidemia de los bajos fondos, sino un vicio que circula por todas las capas de la sociedad. Su desengaño no desembocará en un escepticismo trágico, sino en un vitalismo invencible. Los vicios del ser humanos no pueden menoscabar los afectos más nobles, como el amor o la amistad. 

Su trama es algo rudimentaria y precipitada pero la vibrante humanidad de Walt Whitman, resplandece en cada página. Su retrato de la infancia refuta los tópicos: “¡ay, los niños piensan más de lo que imaginan muchos!”. Los niños son criaturas imaginativas y exageradas , que sobreviven a las peores desgracias porque en ellos palpita “el espíritu de la aventura”. La vejez no disfruta de ese privilegio. Wigglesworth, el contable de la oficina de Covert, flota en el alcohol para olvidar el bienestar de su juventud. Su afición a la bebida fue la causa de infortunio y el bálsamo de su senectud, pues aturde su conciencia y difumina su juicio. Su conversión al metodismo sólo agrava su sufrimiento, pues la sobriedad impuesta por la religión propicia una triste lucidez. 



El genio de Whitman brilla especialmente en su visión de Nueva York, por entonces un laberinto de callejuelas umbrías, con algunas mansiones victorianas e infinidad de chamizos levantados sobre el barro. Las canciones que se escuchan en sus esquinas, a veces toscas y grotescas melodías, alivian momentáneamente el desaliento inherente a la pobreza: “Qué extraño encanto hay en la voz humana, que aventaja a todos los instrumentos a la hora de causar ciertos efectos”. Nueva York puede despertar la melancolía, pero no el tedio: “Me gustaba vivir en la gloriosa Nueva York, donde, si hay alguien inactivo que no sabe en qué entretenerse debe ser por culpa suya”.

Los últimos capítulos de Jack Engle son particularmente memorables. En uno, se describe el cementerio de Nueva York. Después de leer los epitafios de algunas tumbas, Engle comenta entusiasmado: “Ha llegado una nación de hombres libres que ha superado todo lo que se conocía en cuanto a felicidad, buen gobierno y auténtica grandeza”.
En otro, un asesino convicto se lamenta del dolor de los hombres, que viven bajo las inclemencias del azar: “Ojalá el demonio en el jardín del Edén le hubiese desvelado al joven el camino a la felicidad”. Su inesperada novela afianza la imagen de un poeta que concibió a América como una “Tierra Libre”, donde la ambición y el coraje pueden sortear cualquier obstáculo.

Jack Engle encarna el espíritu de una civilización que manchó su alma con los peores pecados, pero que se redimió con la gloria de sus poetas, el carácter temerario de sus sueños y su inquebrantable amor a la libertad. 

Tomado de "El Cultural"

"Los sentimientos mejores de nuestra época han construido cementerios amplios y elegantes, apartados del bullicio de la ciudad: el distinguido y sombrío Greenwood, que probablemente no tenga parangón en el mundo por su recato y sobria belleza; las variadas y boscosas colinas del cementerio de las Evergreens; y la simplicidad clásica y elevada de Cypress Hills. Gracias a acertados avances sanitarios, los enterramientos dentro de los límites de la ciudad son ahora ilegales y están penados con una multa lo bastante cuantiosa para que la prohibición sea efectiva, excepto en los casos, que ocurren ocasionalmente, en que se combinan un fuerte deseo de ser enterrado en algún lugar honrado por asociaciones del pasado y la presencia de los antepasados con la capacidad de pagar la multa. No obstante, los pocos cementerios que hay en algunos de los barrios más ajetreados de nuestra ciudad, también imparten una lección valiosa. Con ocasión del sobrio funeral del anciano, después de que se marchara la gente, me quedé solo y pasé el resto de esa mañana agradable, uno de los mejores días del otoño norteamericano, vagando por el cementerio de Trinity. Me sentía serio pero no muy triste y me dediqué a ir de un sitio a otro y a copiar algunas inscripciones. La hierba larga y lacia me rozaba la cara. Sobre mí se alzaba el verdor, con toques marrones, de los árboles que se nutrían de la decadencia de los cuerpos humanos."





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