sábado, 15 de julio de 2017

15 DE JULIO


EL REINO DE LAS MUJERES
Antón Chejov
1884 - Reeditado 2008

Hoy recordamos a Antón Chejov en el aniversario de su muerte con este singular relato reeditado hace relativamente pocos años. 

En “El reino de las mujeres, Chéjov construye una semblanza perfecta de una mujer entre dos mundos, abrumada por la soledad. La protagonista de esta breve historia es Anna Akimovna, la rica propietaria de una fábrica que tiene, sin embargo, orígenes humildes. Y esa dualidad será precisamente la que la condene al aislamiento, mientras se debate por el deseo de pertenecer a una de las dos clases por entero.
A pesar de su brevedad logra en este relato un desarrollo preciosista de los personajes que se nos representan completos gracias tan sólo a un diálogo, a una escena, a una breve descripción. Y por supuesto, ese preciosismo alcanza su apoteosis en la representación de su protagonista: a través de las breves páginas, que recogen cuatro cuadros acontecidos a lo largo de la víspera y el día de Navidad, Anna se nos presenta como un personaje solo, abandonado e incomprendido, al que su extraordinaria sensibilidad le da una conciencia clara de su aislamiento.

Hija de un obrero que trabajó en la fábrica que ahora ella posee, Anna se siente muy cercana a la gente humilde que la rodea, entre la que todavía tiene parientes cercanos a los que quiere; pero educada ya como una señorita de sociedad, sus gustos, aficiones y relaciones la sumergen en un mundo diferente que a veces siente que le queda muy lejano.
De ese conflicto surge la insatisfacción de la joven, que es consciente de que nunca podrá sentirse a gusto en la buena sociedad (en la que tal vez ni siquiera será aceptada realmente, puesto que tiene un origen humilde), pero que ya tampoco se siente parte de la familia modesta que vive en la parte de abajo de su casa. Ese sentimiento de exclusión de la que hasta hace no mucho fue su gente se resuelve en Anna en una fuerte sensación de añoranza. Para ella no existen días más felices que aquellos lejanos de su infancia, cuando se refugiaba junto a su madre debajo de una única manta para combatir el frío: eran tiempos más precarios y, sin embargo, mucho más plenos.
Anna intenta hacer siempre lo que se espera de ella. Y si bien no se despierta a tiempo para asistir a misa, sí suele emplear su tiempo en hacer obras de caridad, tarea que le disgusta. Considera una hipocresía esos rublos repartidos como limosnas, consciente como es de las pésimas condiciones en las que viven sus obreros, pero como mujer siente que no puede hacer nada para cambiar esa situación e incluso siente temor ante el director de su fábrica, lo que subraya su impotencia.
Durante ese día de Navidad la joven fantasea con la idea de casarse con Pímenov, un joven obrero de su fábrica. Pímenov se convierte así en el instrumento que no sólo la salvaría de su soledad, sino que además la devolvería al medio modesto del que salió. Pero al terminar el día hasta esa fantasía abandona a nuestra joven, pues sensatamente comprende que Pímenov no encaja en su vida: de pronto le juzga zafio y es incapaz de imaginarlo compartiendo una velada con quienes forman ahora su círculo. O tal vez Anna comprende que casarse con el joven obrero es condenarle a él también a vivir exiliado y solo entre dos mundos.
En ese círculo de amistades de nuestra joven se encuentra un brillante abogado que considera que Anna, con su fortuna, debe convertirse en lo que él denomina una mujer fin de siècle: una mujer independiente, inteligente, delicada, valiente y un poco libertina. Pero esas ideas están a años luz del carácter de la joven. En el mundo del que procede se es soltera o casada: soltera si se es fea o malformada, casada si se es hermosa o rica. Puesto que ella es hermosa y rica necesariamente tiene que ser casada y el ser todavía soltera se insinúa en su pensamiento como un fracaso personal.

Hasta las mujeres de su casa le aconsejan que, puesto que tiene dinero y belleza, se atreva a vivir la vida libremente, pues a nadie tiene que dar cuentas. Sin embargo Anna siente que sí tiene que rendir cuentas y por partida doble, pues los dos mundos entre los que se mueve esperan siempre algo de ella, aunque percibe que, de algún modo, nunca satisface a nadie. El aislamiento, la soledad y la sensación de no pertenecer a nadie se cierran sobre Anna que se entrega impotente y mansamente.

En conclusión, en esta interesante novela Chéjov nos presenta el drama de una persona que, continuamente acompañada por los demás (sobre todo por las féminas —familiares o empleadas— que configuran su “reino de las mujeres”) e incesantemente ocupada en un sinfín de actividades, experimenta, no obstante, el drama de la soledad y contempla con nostalgia e impotencia cómo sus sueños de amor y de felicidad se desvanecen. De modo que la última descripción de su estado de ánimo se convierte en una conclusión claramente pesimista:

“Y pensó que ya era tarde para soñar con la felicidad,
 que todo había muerto” 


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